Episodio #188 – Datos en Juego
Arrancamos con la pregunta del día: ¿qué tecnología del Mundial 2026 nos llamó más la atención? Aparecieron la cámara del árbitro, las cámaras suspendidas sobre la cancha, las transmisiones que muestran velocidades, posiciones y movimientos de los jugadores, y esos estadios preparados para que decenas de miles de personas puedan subir contenido al mismo tiempo sin dejar la red celular en estado vegetativo. También discutimos si toda esa tecnología mejora realmente la experiencia del hincha que está en la cancha o si los mayores avances siguen pensados para quienes miran el partido por televisión.
Los nuevos descansos de hidratación abrieron otro debate: al dividir el partido en más bloques, los técnicos reciben oportunidades adicionales para analizar, corregir y cambiar el ritmo del juego. ¿Se estarán procesando en tiempo real todos los movimientos de los jugadores para orientar esas decisiones? Una parte del panel cree que los sensores, el data mining y el machine learning ya están dando una ventaja importante; la otra recuerda que esto sigue siendo fútbol y que ningún algoritmo puede impedir que la pelota pegue en el palo. La tecnología puede ofrecer un pequeño “edge”, pero el azar, el talento y el cansancio todavía se niegan a ser domesticados.
La separación entre FIFA y Electronic Arts nos llevó a conversar sobre los videojuegos deportivos que lanzan una nueva edición todos los años aunque las diferencias sean cada vez más pequeñas. Para algunos, se trata principalmente de vender planteles, camisetas y nombres actualizados; para otros, el fútbol virtual ya es un producto tan maduro que cualquier cambio demasiado grande corre el riesgo de estropear lo que funciona. FIFA decidió hacer su propio juego, pero las primeras imágenes parecían tener más nostalgia por la Nintendo 64 que ambición por el futuro. Y, como corresponde, también apareció Age of Empires para recordarnos que 1997 nunca se fue del todo.
La conversación se puso más seria cuando discutimos la aparente degradación de algunos modelos y la reducción de los saltos entre generaciones. Hay lanzamientos más frecuentes y los modelos siguen mejorando, pero cada avance parece menos revolucionario que el anterior. Si la inteligencia artificial debía ayudar a construir una inteligencia artificial todavía mejor, ¿por qué no vemos una aceleración exponencial? Tal vez se estén agotando las mejoras obtenidas simplemente agregando datos y capacidad de cómputo, o quizá los progresos más importantes estén ocurriendo en modelos especializados y no en los asistentes generales que usamos todos los días.
A partir de ahí entramos en la inevitable discusión geopolítica. Estados Unidos apuesta por unas pocas empresas privadas con enormes recursos, cada vez más vinculadas a la estrategia del Estado. China permite que sus compañías compitan, pero mantiene al poder político por encima del capital y promueve modelos con pesos abiertos. Europa, mientras tanto, intenta proteger los datos y los derechos de sus ciudadanos, aunque corre el riesgo de quedarse atrás en infraestructura y desarrollo. Para variar, no llegamos a un acuerdo sobre cuál es el mejor modelo, pero sí sobre algo: la inteligencia artificial ya no es solamente una industria tecnológica, sino una herramienta de poder nacional.
Para ahondar más sobre los peligros de la inteligencia artificial si es controlada por unas pocas corporaciones, Lucho nos regaló una copia impresa de la encíclica «Magnifica Humanitas« del Papa León XIV. El documento urge a «desarmar» la IA tecnológica y militar, frenar nuevas esclavitudes digitales y garantizar que estas herramientas sirvan al bien común y protejan la dignidad humana por encima del lucro.
El bloque principal del episodio fue el proyecto de crear junto a Taiwán una entidad binacional para instalar infraestructura de inteligencia artificial en Paraguay. El plan mencionado comenzaría con un centro de datos de 10 megawatts, crecería a 100 y eventualmente podría alcanzar un gigawatt. La propuesta suena enorme, especialmente para un país con abundante energía hidroeléctrica, pero también genera dudas: quién será propietario de la infraestructura, quién venderá la capacidad de cómputo, qué tecnología quedará en Paraguay y qué beneficios concretos recibirá el país.
La gran preocupación es repetir una historia conocida: aportar el recurso esencial y quedarse con muy poco conocimiento. Un centro de datos puede ser mucho más valioso que vender energía barata a mineros de criptomonedas, pero solo si alrededor de él se desarrollan técnicos, empresas, universidades, investigación y productos propios. Si Paraguay pone la electricidad y otros ponen los chips, los modelos, los clientes y la propiedad intelectual, podríamos terminar exportando electrones con un nombre más moderno. La oportunidad existe; la soberanía tecnológica no viene incluida automáticamente en el contrato.
Para cerrar, volvimos al Mundial y a una tecnología bastante más tradicional: papel, pegamento y escasez artificial. El álbum de figuritas sigue generando una mezcla extraordinaria de nostalgia, ansiedad, intercambio y especulación. Cambiaron la escala del negocio, la cantidad de selecciones y los precios, pero la mecánica emocional sigue intacta: abrir un paquete, encontrar cinco repetidas y convencerse de que la próxima vez sí va a aparecer la que falta. Después de hablar durante horas de inteligencia artificial, centros de datos y gigawatts, terminamos confirmando que uno de los algoritmos comerciales más eficaces sigue siendo venderle sobres cerrados a un coleccionista.
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